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27 marzo 2017

ALFREDO RODRÍGUEZ Tocororo

TOCORORO
Alfredo Rodriguez piano, suzuki melodion, sintetizador, voz; Reiner Elizarde contrabajo, Michael Olivera batería, percusión; Ibeyi voz (2, 8), Richard Bona voz, bajo elec. (3, 7, 13), Ibrahim Maalouf trompeta (6, 10); Ganavya Doraiswamy voz (5, 10), Antonio Lizana voz (4), Ariel Bringuez saxos tenor y soprano, clarinete, flauta
Grabado en Madrid. Mack Avenue 2016 
http://www.alfredomusic.com

Desde este blog hemos tratado en varias cocasiones sobre la singularidad del piano cubano, del poder expresivo único que tiene para mimetizarse en percusión, en emoción de melodía popular o en exigente refinación clásica. Alfredo Rodríguez, pese a su juventud pero gracias a importantes apoyos como el de Quincy Jones, ha llegado a escena internacional de manera arrolladora. Su corta pero fulgurante carrera parece tener vínculos con las de otro compatriota ilustre, Gonzalo Rubalcaba, que desde que recibió el aval de Charlie Haden a finales de los 80 se hizo con un puesto en el mejor de los mercados jazzísticos. Rubalcaba acabó yéndose a Florida; Alfredo ya está instalado en Los Angeles.

Alfredo Rodríguez, joven talento pianístico cubano que envía en su tercer disco Tocororo un mensaje políglota en el que integra un toque explosivo y elocuente 
Tocororo, tercer título a su nombre tras Sounds of Space (2012) y The Invasion Parade (2014), toma su nombre de un ave trepadora endémica de Cuba. Producción típica crossover que gira alrededor de un eje afrocubano (base en trío), es un disco de amplio espectro estético que amplía su mensaje con invitados de distintas procedencias y folclores (Bona, Lizana, Ibeyi), todo ello sostenido por imaginativos arreglos en un envase concentrado. Es, por esa misma razón, un producto para público de gustos amplios, abierto al world-jazz, las músicas étnicas e incluso la clásica (con cita a Bach incluida). Es, como suma de estas consideraciones, una producción hecha para el éxito. Y lleva la rúbrica de Quincy Jones, por si quedaba alguna duda.

Tocororonombre de un pájaro endémico de Cuba, es un trabajo de amplio espectro. Producto típico crossover, gira alrededor de un eje afrocubano que amplía su mensaje con invitados provenientes de distintos folclores, todo ello sostenido por imaginativos arreglos

El disco empieza con un Chan Chan (Francisco Repilado/Compay Segundo) del que se extráen las partículas rítmicas elementales desde un piano percutido en las cuerdas. Es en este comienzo donde aparece el rotundo contraste de tiempos sin transición que caracterizan su discurso, unas rupturas arrolladoramente rítmicas reforzadas en los graves donde se comprueba una de las claves expresivas del músico: toque percusivo, contundencia y precisión en los cambios, asombroso juego de unísonos y resolución melódica inesperada. Los espacios de improvisación jazzística se restringen para ofrecer así una exposición en la que nada falte, en la que todo el color, el matiz y las voces invitadas tengan su momento destacado en una duración, decimos, ajustada al máximo para no decir más que lo necesario.

Tonadas cubanas que cantó Bola de Nieve (Ay mama Inés) o más modernas Sábanas Blancas (homenaje a La Habana, con Ibeyi a la voz), caudalosos cantos y ritmos afrocubanos (Yemayá), alusiones directas a Piazzolla (Adiós Nonino), cantos africanos (Bona en Raíces), flamencos (Antonio Lizana soleá por bulerías en Gitanerias, con un comienzo instrumental que es orfebrería de la música clásica-popular española), rendiciones clásicas (Jesu, Joy of Man`s Desiring, la cantata nº 147 de Bach, renovando la lectura de Jack Loussier) o hindúes (el que da título al disco, una síntesis maravillosa, con Ganavya al canto), todo esto queda sucintamente reflejado en la portada: caras y colores.

Un prisma musical que inicia su viaje en Cuba y no para de volar hasta encontrar su destino.





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